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OPINION
Viernes 15 de Noviembre de 2019 16:55 hs
Con un plan consistente, hay condiciones para la recuperación
Las Reservas del Banco Central, clave para la transición y primeros pasos del Gobierno de Alberto Fernández.
La elección de octubre nos dejó algunas confirmaciones, unas pocas sorpresas y bastante incertidumbre sobre lo que ocurrirá a futuro. El Frente de Todos ganó, como era esperado, pero el Congreso Nacional tendrá desde diciembre una configuración bastante balanceada, que, si se mantiene así, podría limitar cualquier intento hegemónico. Lo que queda hasta la asunción del nuevo gobierno y los primeros meses luego de tomar funciones estarán condicionados por el contexto económico. ¿Qué tenemos y qué podemos hacer, en términos económicos?

Desde el año 2011 la economía se encuentra estancada; la inflación está en niveles máximos, gran parte del gasto público está indexada, al igual que los salarios sindicalizados y los contratos privados. En los últimos meses se deterioró la situación fiscal, el nivel de reservas del Banco Central estuvo cayendo, y lo seguirá haciendo mientras el mercado de capitales se mantenga cerrado. El reperfilamiento de letras de corto plazo que implementó el gobierno saliente a fines de agosto sólo implicó un ahorro transitorio de divisas, cuya solución queda en manos de la próxima administración. El control de capitales reinstaurado en septiembre se fue endureciendo para tapar las típicas filtraciones que suelen tener estos esquemas.

Aunque la foto es mala, la economía nacional tiene algunas condiciones de partida que podrían ser terreno fértil para la recuperación económica, siempre que se implemente un programa consistente.

Existe una elevada capacidad ociosa de equipos y mano de obra que permitiría dar un impulso inicial a la economía, aunque no se reactive la inversión inmediatamente. Los costos laborales medidos en dólares se ubican en el nivel más bajo en una década, por la depreciación del peso.

El sistema financiero es chico, líquido y no tiene descalces de plazos, moneda o tasa. La monetización (cantidad de depósitos privados en el sistema financiero más el stock de billetes y monedas por parte del público) está en niveles mínimos históricos en relación con el PBI. Si se elimina la incertidumbre y se recupera la confianza, puede haber un aumento genuino de la demanda de pesos lo que permitiría, a su vez, que el BCRA acumule reservas.

El gobierno nacional terminará el año con un pequeño déficit primario, claramente inferior al que tenía hace algunos años, aun teniendo en cuenta el deterioro de los últimos meses, post PASO. Esta mejora vino aparejada a la corrección de precios relativos en los servicios públicos, lo que en sí mismo también es una fortaleza, porque han bajado las distorsiones en el mercado energético, facilitando su desarrollo, y reduciendo la incidencia de los servicios públicos sobre la inflación futura, puesto que el residual de ajuste de tarifas es mucho menor.

Se recuperó el equilibrio externo. La falta de financiamiento externo convirtió el déficit comercial crónico en superávit desde hace 13 meses, el déficit de cuenta corriente base devengado se redujo fuertemente, y el de base caja (es decir, el saldo de divisas) es superavitario desde hace más de un año.

Todo esto nos conduce a la lógica pregunta sobre qué sería el tal programa consistente que nos permitiría apalancarnos en todo lo anterior, y crecer.

La base debe ser el reconocimiento de que Argentina hoy tiene una restricción de financiamiento externo, que es imposible de eludir. Cualquier intento por expandir actividad económica inyectando liquidez podrá tener un impacto positivo de corto plazo, pero si no se revierte la falta de dólares no hará más que profundizar la recesión y acelerar la depreciación del tipo de cambio y la suba de las tasas de inflación.

La inevitable reestructuración de la deuda debería estar al tope de la agenda. Para conseguir un canje exitoso se debe presentar un programa económico creíble y sustentable, que muestre de dónde saldrán los fondos para hacer frente a los nuevos compromisos que surjan de la reestructuración.

Revivir el acuerdo con el FMI nos daría acceso a los más de 12.000 millones de dólares pendientes de desembolsar, pero implicaría también implementar reformas estructurales en la economía (al cambiar el acuerdo Stand by por un Extended Fund Facilities), que de hecho son vitales para mejorar la estructura productiva argentina, y las necesitamos más allá de si el FMI las exige o no.

El acuerdo de precios y salarios puede ayudar a romper la inercia inflacionaria, pero sólo permite “ganar tiempo” hasta que las medidas de fondo que deben implementarse comiencen a tener un impacto. La inflación no se va a resolver con un acuerdo, y ni siquiera desindexando transitoriamente la economía. Se debe eliminar la fuente primaria de emisión de pesos: hay que eliminar el déficit fiscal. Así también se podrá estabilizar el tipo de cambio, tercera condición para combatir la inflación.

La salida del cepo será una consecuencia natural de todo lo anterior. El cepo no es una medida de política económica, sino un parche en momentos de escasez de divisas. Si no se solucionan los problemas de raíz, el cepo tampoco lo hará, e irremediablemente erosionará el superávit externo en respuesta a los mayores incentivos que generará la ampliación de la brecha cambiaria, poniendo en jaque la lucha contra la inflación, y la reactivación económica.

Ordenar la economía cuidando de no caer en desequilibrios macroeconómicos es impopular, y hasta puede ser recesivo en el corto plazo, pero es lo que hay que hacer. La política deberá jugar su rol protagónico para manejar las expectativas de la población. Hay que tener cuidado. Si no se lo hace ahora, luego costará más caro.

Fernando R. Marengo es economista. Socio de Arriazu Macroanalistas.
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