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OPINION
Jueves 09 de Abril de 2020 19:06 hs
El Cristo de Borges, en estas Pascuas en cuarentena
A cada nación la enfrenta con sus verdaderas urgencias. A nosotros con la fragilidad de nuestro sistema de salud, con la pobreza extrema en la que viven millones de argentinos y la precariedad de nuestra economía y nuestras instituciones estatales.
Le gustaba decir que era agnóstico, que para él los textos bíblicos eran una rama de la literatura fantástica. Aprendió a leer y a escribir con su abuela inglesa, que recitaba la Biblia de memoria. “Puedo haber entrado a la literatura por el Espíritu Santo”, le confesó a María Esther Vázquez con su ironía no desprovista de verdad.

En una conferencia que dictó en la Universidad de Harvard en 1969, sobre “El Arte de Contar Historias”, sostuvo que los tres mayores poemas épicos de la humanidad eran La Ilíada, La Odisea y los Evangelios, es decir, las historias de Troya, Ulises y Jesús. Pero hizo una salvedad: “En el caso de los Evangelios, hay una diferencia: creo que la historia de Cristo no puede ser contada mejor”.

Borges le dedicó a Jesús, al Cristo, el poema con el que comienza su último libro (Los Conjurados), publicado un año antes de morir. Sus versos tienen una gran carga espiritual, pero a la vez pueden resultar blasfemos para la doctrina cristiana. Por eso me conmoví tanto cuando hace unos años, en una conferencia aquí en Buenos Aires, escuché al cardenal Gianfranco Ravasi, un teólogo vaticano, recitarlos con devoción. Fue él quien sugirió que el argentino podría ser “el más grande teólogo de nuestro tiempo, un teólogo ateo”. Como Borges solía burlarse del “Dios de los teólogos” y sus complejas abstracciones, prefiero decir que es un poeta agnóstico y místico a la vez, aunque resulte paradojal.

Cristo en la Cruz comienza negando la verdad histórica de los Evangelios: “Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra./ Los tres maderos son de igual altura/ Cristo no está en el medio. Es el tercero”.  Cuestiona la divinidad de Jesús: “Cristo en la cruz. Desordenadamente/ piensa en el reino que tal vez lo espera,/ piensa en una mujer que no fue suya…/Sabe que no es un dios y que es un hombre/que muere con el día. No le importa./ Le importa el duro hierro de los clavos”.  Condena la historia violenta de la Iglesia Católica: “La conversión de Guthrum por la espada,/ la Inquisición, la sangre de los mártires,/ las atroces Cruzadas, Juana de Arco,/ el Vaticano que bendice ejércitos”.

Sin embargo, sus versos expresan una profunda comunión con Jesús, con el hombre y el mesías. “Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto./ Anda una mosca por la carne quieta./¿De qué puede servirme que aquel hombre/ haya sufrido, si yo sufro ahora?” Al humanizar a Jesús y entrar en la intimidad de sus pensamientos y sentimientos, Borges lo hace más cercano a nosotros, menos mítico.

En esos detalles, por momentos perturbadores, podemos reconocer nuestras propias dudas, en su sufrimiento extremo nuestro propio sufrimiento, y en su rendición total a los designios del Padre, sentimos el deseo de imitarlo para acceder a nuestra propia dimensión trascendente. Borges también siente ese anhelo. En el sexto verso dice: “…No lo veo/ y seguiré buscándolo hasta el día/ último de mis pasos por la tierra”.

Es una sed espiritual insaciable. En el cuento El Zahir, publicado en 1949, como en tantos otros, el poeta expresa esta misma urgencia mística: “Para perderse en Dios, los sufíes repiten su propio nombre o los noventa y nueve nombres divinos hasta que estos ya nada quieren decir. Yo anhelo recorrer esa senda”.

María Kodama, en su ponencia titulada “Borges y el misticismo”, nos da una clave para comprender al poeta y al hombre: “Aquel que cree en Dios lo afirma y lo da por sentado; el ateo igualmente está seguro de su negación. En el caso del agnóstico, cada instante lo encuentra tratando de aprehender lo inasible, a través del único medio que nos hace seres humanos, la capacidad de razonar y que, paradójicamente, nos limita en esa otra dimensión que indagamos. Nadie, tal vez, está más próximo a Dios que el agnóstico”.

A través de su poesía, sus sueños y sus infinitas lecturas, Borges, el no creyente, llegó a vislumbrar y a expresar “el misterio,” “lo inefable”, aquello que no se puede ver con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos del alma. A pesar de su ceguera, Borges “vio”, en el sentido espiritual del término. Así lo atestiguan innumerables textos, como “La Escritura de Dios” o su conmovedor “Poema de los Dones”. “Nadie rebaje a lágrima o reproche/?esta declaración de la maestría/?de Dios, que con magnífica ironía/?me dio a la vez los libros y la noche”.

En Cristo en la Cruz Borges penetra en el corazón mismo del mensaje cristiano. Dice: “Nos ha dejado espléndidas metáforas/ y una doctrina del perdón que puede/ anular el pasado”.

Esta doctrina de perdón incondicional, capaz de anular el pasado, es lo que distingue a Jesucristo de otros maestros, profetas o mesías. “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen,” exclama poco antes de morir.

El perdón es una palabra políticamente incorrecta entre nosotros. El perdón y la reconciliación, esenciales para restaurar la paz y la convivencia en sociedades partidas por la violencia política, generan un enorme rechazo en la escena pública. Preferimos el resentimiento, la revancha y hasta la aniquilación verbal del otro (¿qué es sino la demonización ideológica o de clase?). Nos resistimos a evitar que los odios del pasado se perpetúen en el presente y destruyan a las generaciones venideras. Y no hablo de indulto legal, esa vergüenza de los años 90. Hablo de perdonar en nuestros corazones, hablo de aceptar nuestras diferentes visiones políticas, hablo de sanar nuestra convivencia de cada día con gestos amables y palabras respetuosas.

Un invisible y letal rey virus asola al planeta. A cada nación la enfrenta con sus verdaderas urgencias. A nosotros con la fragilidad de nuestro sistema de salud, con la pobreza extrema en la que viven millones de argentinos y la precariedad de nuestra economía y nuestras instituciones estatales. Son la suma de los desaciertos que supimos conseguir entre todos.

Aprovechemos esta Pascua y esta cuarentena para perdonarnos de una vez y enfocarnos en lo importante: construir juntos una sociedad más fraterna, justa y saludable. No dejemos que los males del pasado contagien nuestro presente y nuestro porvenir. Los daños están a la vista.

María Eugenia Estenssoro es periodista. Ex senadora nacional.
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